La ciudad: de todos, pero de nadie

 

En sueños, en palabras, en deseos, que se agrupan como las pequeñísimas esferas reunidas dentro de las gotas de agua con que se hacen los ríos y los mares de ilusión que habitamos es como se van creando las ciudades, no son solo una adquisición ni una transacción comercial. Formamos parte de ellas, pero no nos pertenecen, ni les pertenecemos, sin embargo, sin nosotros no serían. La ciudad es.

Una coordenada en un mapa, la cresta de la que fue una loma larga, que ya forma parte de la mancha urbana, el cauce seco de un viejo rio, hoy convertido en una avenida, líneas que encierran una figura irregular, similar a un trapezoide, el sector de servicios, otro el sector de alta densidad, otro, el de la zona dorada, otro el de industria y parques empresariales. Y la ciudad queda un día convertida en una suma de “polígonos”. 

Y la ciudad se ha convertido en un mapa similar a los esquemas que se encuentran en la mayoría de las carnicerías, que representan el cuerpo de un animal dividido por líneas punteadas, regiones sin identidad clasificadas por el interés de quienes se sirven de ellas. 

 

Los “poderes” en pugna silenciosa por guiar a la ciudad: la academia, la iglesia, la administración pública, y las industrias, y la población, que es la que cada día la construye con la suma de sus ilusiones, la gente en contacto no formal con múltiples interlocutores y una ciudad que sufre transformaciones en su cuerpo y en su alma, en su forma y en su fondo, en sus significados y como unidad significante. 

Hubo una calle Honda, o que así se llamaba, sobre el que fue el cauce de un arroyo. Hubo una calle Real o de la Luz, o del Sol, que recibía desde la cadena montañosa en el horizonte los primeros rayos de luz al amanecer, sobre la parroquia que estaba en su remate. Hubo una cañada donde se apostaron los villistas cuando vinieron a terminar con la revolución, al pie del cerro de la soledad, una Línea de Fuego en que quedaron esparcidos sus cuerpos, muchos de ellos llenos de valiosas pertenencias entre sus ropas. Hubo una puerta que unía junto al puente sobre un antiguo río dos caminos a la entrada a la ciudad, un arco que funcionó como Garita. Hubo una barranca que durante la conquista fue defendida por un clan chichimeca que encabezaba una mujer, desde entonces esa barranca se le conoce como la de la India. 

Así, pasa con el callejón del Ahorcado, la Sandía, el arroyo de las Liebres, las Hilamas, el Moral, el Coecillo, la Arcina, los Castillos, las Piletas, las Joyas, el Guaje, los Paraísos, el Bordo, la Cruz de Cantera, los Sapos, la Patiña, el Puerto del Aire, la Cañada de Negros, los Pozos del fraile, y tantos lugares con nombres asociados a relatos sobre su origen que van dando paso a nombres ajenos a su identidad, olvidamos que cuando desechamos sus nombres se entristecen. 

 

Así como nosotros tenemos nuestros nombres que tienen un motivo y un significado, que nos dan identidad, además de otras claves que nos aluden, como el CURP, por ejemplo, o las claves que tenemos como consumidores o como fuentes. La parte de nosotros que es algo más que un poder adquisitivo o un segmento de mercado. 

Parte de las raíces que dan fuerza a las sociedades es la conciencia del origen, que da certidumbre sobre la forma en que crecemos, criterios sustentables y congruentes. Mejor dejemos los términos de “polígonos” para que los usen los técnicos y respetemos los nombres originales de los barrios. 

 

Las acciones urbanas en los barrios deben realizarse a partir del conocimiento de sus orígenes y de la voluntad de sus habitantes, no de planes en planos ni de proyecciones de presupuesto, protejamos las identidades de los barrios, no solo en sus nombres, no permitamos que se estandaricen, con iluminaciones, señaléticas ni pavimentos iguales para todos, cada barrio tiene una razón de ser y debe reconocerse y protegerse. La identidad debe ser devuelta y no impuesta a los barrios.

¿En que hemos fallado? si le hemos ofrecido a la población lo mejor de Medellín, de Curitiba, de Londres, de Bogotá, de Nueva York de la Ciudad de México, de Barcelona, Roma, Madrid, Rio de Janeiro entre otras. Con planes de ciclismo, adoquinado, peatonalización, sistemas de movilidad, mobiliario urbano, urbanismo para la pacificación, de cultura y artes en espacios públicos y muchos otros modelos provenientes de los países más desarrollados del mundo para nuestra población, que destruye parques, grafitea camiones, abandona rutas y vías, rechaza bolardos, abandona bicicletas de uso público…

 

*José Luis Galiano, Promotor de la cultura y las artes, jlgaliano@hotmail.com

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