La disputa por la normalidad

 

Desde el reciente anuncio sobre la efectividad de las vacunas desarrolladas contra el COVID-19, finalmente es posible pensar en la idea de que concluya la emergencia sanitaria provocada por el peligro de contagio.

En el 2019 los jóvenes marchaban en Guanajuato pidiendo seguridad para las estudiantes, la guardia nacional y las autoridades sumaban esfuerzos para combatir a las bandas de comerciantes de combustible robado (mal llamados “huachicoleros”). Se discutía la necesidad de desterrar formas de racismo y de machismo, que por años se han tolerado, y como vocera Yalitza Aparicio adiestraba a “hipsters”; mientras el censo que hace 10 años nos había permitido reconocernos como indios, nos lo hace ahora como afrodescendientes. 

 

La cultura del ahorro del plástico, presionaba también para retirar de tiendas de autoservicio bolsas desechables, la presión demográfica mundial y la expansión de la libre empresa, se señalaban como causantes del descongelamiento del polo norte. Animalistas, proteccionistas y de activismo anti taurino se esforzaban en sensibilizarnos. En la internet se discutía la aprobación o el rechazo del lenguaje desmasculinizado. En las sociedades occidentales urbanas del planeta, ponían en práctica una especie de ética y moral global, creíamos que éramos no solo felices, sino también que éramos buenos. 

Apenas el 8 y 9 de marzo de este 2020 se llevaron en México y en el mundo demostraciones históricas del movimiento de mujeres, para concientizarnos sobre la desigualdad que sufren. 

El ingreso a México de la enfermedad y su propagación nos provocó una situación inusitada, que aún no acabamos de dimensionar: la interrupción de clases y de muchas actividades de todo tipo, económicas, artísticas, religiosas, por citar unos cuantos ejemplos. La cuarentena dio pie a una serie de transformaciones en nuestras vidas, el hecho de protegernos del riesgo del contagio, nos hizo especializarnos en la manipulación de los recursos telemáticos, la contracción económica afectó el poder adquisitivo de las familias, reducciones en los ingresos y múltiples despidos. Cancelación de actividades empresariales, deportivas culturales y rituales, principalmente. En realidad, a nivel mundial esta situación es similar a una guerra o a un exilio de masas por el efecto en la población: ansiedad, vulnerabilidad, mortalidad, etc. 

 

En un principio se hicieron videoclips con jingles, gente salía a las ventanas y balcones a cantar, se les aplaudía a los médicos y enfermeras, se diseñaban tapabocas que se empezaban a usar con curiosidad, se practicaban formas de saludo, de comunicación, o clases, trabajo, entretenimiento o control social con el auxilio de la internet, en el país se redujo el índice de criminalidad por falta de vida pública. Hasta que el hastío conjuró a la parte indeseable de la población, ahora resulta que añoramos la normalidad y deseamos regresar a ella. 

La nueva normalidad no debe parecerse a la vieja normalidad. Va a ser necesario que la población reconozca que se deben modificar muchas prácticas de la civilización para recuperar el derecho a habitar en el mundo. Tenemos derecho a creer que merecemos regresar a un mundo distinto.

  • Sin odio.

  • Sin envidias.

  • En que la codicia no sea motivo de admiración de partidos políticos, ni de medios de comunicación.

  • En que la sustentabilidad vaya más allá de dañar “solo un poquito” a la naturaleza, sino incluya a la palabra, las artes…

  • En que la conducta reproductiva sea consciente de la presión demográfica.

  • En que no se expanda la huella humana territorial, ni atmosférica, ni de desperdicios sólidos.

  • En que sea entendido el valor de la diversidad, biológica, sexual, racial, cultural, creativa, etc.

  • Sin castas, ni niveles adquisitivos, ni estratos socioculturales.

  • Sin partidos políticos que controlen gobiernos, (es más, sin partidos políticos).

  • Un mundo que en vez de ser nuestra propiedad sea nuestro propietario.

Sin embargo sabemos que esto difícilmente ocurrirá, mientras existan agrupaciones o intereses a los que les convenga volver a la rutina previa a la propagación pandémica del virus, que existe una disputa por los criterios para marcar las reglas de la nueva normalidad, nos queda observar y presenciar cómo después de que el peligro haya sido eliminado, el odio, los daños, la explotación de recursos naturales y laborales, la contaminación la explosión demográfica y el desastre natural regresarán fatalmente a formar parte de esta realidad en que seguramente habrá oportunidades para creer que somos felices y también buenos, o al menos personas honestas. 

 

*José Luis Galiano, jlgaliano@hotmail.com

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