“La necesidad de destruir es algo creativo”

Las ciudades quedaron ausentes y lo que meses atrás se llenó de bullicio y protestas ahora permanece en un perpetuo silencio, se escuchan pequeños pasos, caminamos con los pies descalzos por las calles para que no se escuche la presencia de los que pecamos por no ausentarnos de la ciudad; el mundo se redujo a ser habitado en silencio.

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La vivienda se convirtió en algo más que un simple espacio para vivir, estamos en una época en la que la globalización se manifiesta en prácticamente todos los sentidos. La emulación de una imposible vida armónica dedicada a la plena inserción se volvió posible y obligatoria, esto cuestionó todas las maneras de habitar, desde la casa, hasta la ciudad, la transparencia y versatilidad de los espacios públicos y privados quedaron vinculados y las barreras permeables dejaron lugar al aislamiento personal y al gozo, se adaptó en cuestión de espacios una relación fluida que les dio propósito y sentido. 

Esta nueva manera de habitar exigirá de los usuarios y desarrolladores de espacios públicos la creación de lugares que predominen el entorno, sitios de transición y algunos otros de permanencia, será una expresión simbólica de una nueva forma de vida siendo definidos por su percepción de usos y movimientos, disminuyendo las zonas intensas de socialización, esto representa dar un giro a lo previamente establecido y nos obliga a cuestionar y precisar las nuevas formas de habitar. 

 

El modelo de ciudad deberá cumplir los estándares para ser habitado de manera segura, bloques colectivos que permitan la integración de un circuito de espacios vinculados por recorridos de uso transitorio y aportación sistémica colectiva. La combinación de espacios cerrados y abiertos de carácter social y ambiental y la transición entre ellos dé como resultado, ambientes dinámicos, visualmente conectados entre sí y adaptables a las diversas demandas del usuario. 

 

Y ahora que todos debimos parar, que se le dio un respiro a la ciudad, es momento de observar, detenerse a contemplar qué pasa con los espacios que no se habitan pero que no dejan de fluir, de crecer, un espacio público es más que un conjunto de bancas y plazas, es vegetación en su punto más natural. Ya que tenemos más tiempo de lo habitual y que la calma nos condujo a agudizar la mirada y ver lo que antes no se veía, una nueva flor que despliega todo su colorido, una abeja que está programada para ir en busca de ella por alimento, una araña que teje su tela en cuestión de horas desplegando su exquisito arte ante el ojo de cualquier visitante fortuito, las semillas que empiezan a emerger, ahora vemos hacia el cielo, añoramos la lluvia por la tarde y sufrimos del calor de medio día. 

Qué momento más perfecto para la meditación y atención de nuestro propio jardín, de la aportación que damos a nuestro medio ambiente y también al propio espacio público inclusive. 

 

*Korina Bolaños González, Arquitectura del Paisaje y Jardinería – contacto@unounoarquitectura.com

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